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    Eva Teba representa al CDL de Madrid en el encuentro anual de la Global Education Network (GEN).
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    Conferencia: «El honor en peligro. Batirse en duelo en la España contemporánea».
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    Celebramos el Día del Libro con Cervantes: “La valentía que se entra en la jurisdicción de la temeridad, más tiene de locura que de fortaleza”.

    Lectura de un fragmento del capítulo XVII de la Segunda parte de El Quijote (“De donde se declaró el último punto y extremo adonde llegó y pudo llegar el inaudito ánimo de don Quijote con la felicemente acabada aventura de los leones”.

      […] Llegó en esto el carro de las banderas, en el cual no venía otra gente que el carretero, en las mulas, y un hombre sentado en la delantera. Púsose don Quijote delante, y dijo:

       —¿Adónde vais, hermanos? ¿Qué carro es este, qué lleváis en él y qué banderas son estas?

        A lo que respondió el carretero:

       —El carro es mío; lo que va en él son dos bravos leones enjaulados, que el general de Orán [1] envía a la corte, presentados [2] a Su Majestad; las banderas son del rey nuestro Señor, en señal que aquí va cosa suya [3].

       —¿Y son grandes los leones? —preguntó don Quijote.

       —Tan grandes —respondió el hombre que iba a la puerta del carro—, que no han pasado mayores, ni tan grandes, de África a España jamás; y yo soy el leonero y he pasado otros, pero como estos, ninguno. Son hembra y macho; el macho va en esta jaula primera, y la hembra en la de atrás, y ahora van hambrientos porque no han comido hoy; y, así, vuesa merced se desvíe; que es menester llegar presto donde les demos de comer.

      A lo que dijo don Quijote, sonriéndose un poco:

      —¿Leoncitos a mí? ¿A mí leoncitos, y a tales horas [4]? Pues ¡por Dios que han de ver esos señores que acá los envían si soy yo hombre que se espanta de leones! Apeaos, buen hombre, y pues sois el leonero, abrid esas jaulas y echadme esas bestias fuera¡; que en mitad de esta campaña les daré a conocer quién es don Quijote de la Mancha, a despecho y pesar de los encantadores que a mí los envían [5].

      —¡Ta, ta [6]! —dijo a esta sazón entre sí el hidalgo [7]—. Dado ha señal de quién es nuestro buen caballero: los requesones, sin duda, le han ablandado los cascos y madurado los sesos [8].

       Llegóse en esto a él Sancho, y díjole:

      —Señor, por quien Dios es, que vuesa merced haga de manera que mi señor don Quijote no se tome [9] con estos leones, que si se toma, aquí nos han de hacer pedazos a todos.

       —Pues ¿tan loco está vuestro amo —respondió el hidalgo—, que teméis, y creéis, que se ha de tomar con tan fieros animales?

       —No es loco —respondió Sancho—, sino atrevido.

       —Yo haré que no lo sea —replicó el hidalgo.

       Y llegándose a don Quijote, que estaba dando prisa al leonero para que abriese las jaulas, le dijo:

       —Señor caballero, los caballeros andantes han de acometer las aventuras que prometen esperanza de salir bien de ellas, y no aquellas que en todo la quitan; porque la  valentía  que se  entra  en la jurisdicción de la temeridad, más tiene de locura que de fortaleza. Cuanto más que estos leones no vienen contra vuesa merced, ni lo sueñan: van presentados [10] a Su Majestad, y no estará bien detenerlos ni impedirles su viaje.

      —Váyase vuesa merced, señor hidalgo —respondió don Quijote—, a entender con su perdigón manso y con su hurón atrevido [11], y deje a cada uno hacer su oficio. Este es el mío, y yo no sé si vienen a mí, o no [12], estos señores leones.

       Y volviéndose al leonero, le dijo:

      —¡Voto a tal [13], don bellaco, que si no abrís inmediatamente las jaulas, que con esta lanza os he de coser con el carro!

       El carretero, que vio la determinación de aquella armada fantasía[14], le dijo:

      —Señor mío, vuestra merced sea servido, por caridad, de dejarme desuncir las mulas y ponerme en salvo con ellas antes que  se  desenvainen  los  leones [15], porque si me las matan, quedaré rematado [16] para toda mi vida; que no tengo otra hacienda sino este carro y estas mulas.

      —¡Oh hombre de poca fe [17]! —respondió don Quijote—, apéate y desunce, y haz lo que quisieres; que presto verás que trabajaste en vano y que hubieras podido ahorrar esta  diligencia.

       Apeóse el carretero y desunció a gran prisa, y el leonero dijo a grandes voces:

      —Séanme testigos cuantos aquí están de cómo contra mi voluntad y forzado abro las jaulas y suelto los leones, y de que protesto [18] a este señor que todo el mal y daño que estas bestias hicieren corra y vaya por su cuenta, y además mis salarios y derechos. Vuestras mercedes, señores, se pongan en cobro [19] antes de que abra; que yo seguro estoy de que no me han de hacer daño.

      Otra vez le persuadió el hidalgo de que no hiciese locura semejante; que era tentar a Dios acometer tal disparate. A lo que respondió don Quijote que él sabía lo que hacía. Respondióle el hidalgo que lo mirase bien; que él entendía que se engañaba.

      —Ahora, señor —replicó don Quijote—, si vuesa merced no quiere ser oyente [20] de esta que a su parecer ha de ser tragedia, pique la tordilla y póngase a salvo.

      Oído lo cual por Sancho, con lágrimas en los ojos le suplicó desistiese de tal empresa, en cuya comparación habían sido tortas y pan pintado [21] la de los molinos de viento y la temerosa de los batanes [22], y, finalmente, todas las hazañas que había acometido en todo el discurso de su vida.

       —Mire, señor —decía Sancho—, que aquí no hay encanto ni cosa que lo valga; que  yo  he  visto  por  entre  las verjas y resquicios de la jaula una uña de

    león verdadero, y saco por ella que el león, del cual debe de ser la tal uña [23], es mayor que una montaña.

       —El miedo, a lo menos —respondió don Quijote—, te le hará parecer mayor que la mitad del mundo. Retírate, Sancho, y déjame; y si aquí muriere, ya sabes nuestro antiguo concierto [24]: acudirás a Dulcinea, y no te digo más.

       A estas añadió otras razones, con que quitó las esperanzas de que había de dejar de proseguir su desvariado intento. Hubiera querido  el del Verde Gabán oponérsele; pero viose desigual en las armas, y no le pareció cordura tomarse con un loco, que ya se lo había parecido de todo punto don Quijote; el cual, volviendo a dar prisa al leonero y a reiterar las amenazas, dio ocasión al hidalgo a que picase la yegua, y Sancho al rucio, y el carretero a sus mulas, procurando todos apartarse del carro lo más que pudiesen, antes que los leones se desembanastasen [25].

      Lloraba Sancho la muerte de su señor, que aquella vez sin duda creía que llegaba en las garras de los leones; maldecía su ventura y llamaba menguada [26] la hora en que le vino al pensamiento volver a servirle; pero no por llorar y lamentarse dejaba de aporrear al rucio para que se alejase del carro. Viendo, pues, el leonero que ya los que iban huyendo estaban bien desviados, tornó a requerir [27] y a intimar a don Quijote lo que ya le había requerido e intimado, el cual respondió que lo oía, y que no se curase de más intimaciones y requerimientos, que todo sería de poco fruto, y que se diese prisa.

      En el espacio que tardó el leonero en abrir la jaula primera estuvo considerando don Quijote si estaría bien hacer la batalla antes a pie que a caballo, y, en fin, se determinó a hacerla a pie [28], temiendo que Rocinante se espantaría con la vista de los leones. Por esto saltó del caballo, arrojó la lanza y embrazó el escudo, y desenvainando la espada, paso a paso [29], con maravilloso denuedo y corazón valiente, se fue a poner delante del carro encomendándose a Dios de todo corazón, y luego a su señora Dulcinea. […]

       Viendo el leonero ya puesto en postura a don Quijote [30], y que no podía dejar de soltar al león macho, so pena de caer en la desgracia del indignado y atrevido caballero, abrió de par en par la primera jaula, donde estaba, como se ha dicho, el león, el cual pareció de grandeza extraordinaria y de espantable y fea catadura. Lo primero que hizo fue revolverse en la jaula, donde venía echado, y tender la garra, y desperezarse todo; abrió luego la boca y bostezó muy despacio, y con casi dos palmos de lengua que sacó fuera se despolvoreó los ojos y se lavó el rostro; hecho esto, sacó la cabeza fuera de la jaula y miró a todas partes con los ojos hechos brasas, vista y ademán para poner espanto a la misma temeridad. Solo don Quijote lo miraba atentamente, deseando que saltase ya del carro y viniese con él a las manos, entre las cuales pensaba hacerle pedazos.

       Hasta aquí llegó el extremo de su jamás vista locura. Pero el generoso león, más comedido que arrogante, no haciendo caso de niñerías ni de bravatas, después de haber mirado a una y otra parte, como se ha dicho, volvió las espaldas y enseñó sus traseras partes a don Quijote, y con gran flema y remanso [31] se volvió a echar en la jaula. Viendo lo cual don Quijote, mandó al leonero que le diese de palos y le irritase para echarle fuera.

      —Eso no lo haré yo —respondió el leonero—; porque si yo le instigo, el primero a quien hará pedazos será a mí mismo. Vuesa merced, señor caballero, se contente con lo hecho, que es todo lo que puede decirse en género de valentía, y no quiera tentar segunda fortuna. El león tiene abierta la puerta: en su mano está salir, o no salir; pero pues no ha salido hasta ahora, no saldrá en todo el día. La grandeza del corazón de vuesa merced ya está bien declarada: ningún bravo peleante, según a mí se me alcanza, está obligado a más que a desafiar a su enemigo y esperarle en campaña; y si el contrario no acude, en él se queda la infamia, y el esperante [32] gana la corona del vencimiento.

       —Así es verdad —respondió don Quijote—: cierra, amigo, la puerta, y dame por testimonio en la mejor forma que pudieres lo que aquí me has visto hacer [33]; conviene a saber: como tú abriste al león, yo le esperé, él no salió, volvile a esperar, volvió a no salir y volviose a acostar. No debo más [34], y encantos afuera [35], y Dios ayude a la razón y a la verdad, y a la verdadera caballería, y cierra, como he dicho, en tanto que hago señas a los huidos y ausentes, para que sepan por tu boca esta hazaña.

       Hízolo así el leonero, y don Quijote, poniendo en la punta de la lanza el lienzo con que se había limpiado el rostro de la lluvia de los requesones, comenzó a llamar a los que no dejaban de huir ni de volver la cabeza a cada paso, todos en tropa y antecogidos [36] del hidalgo; pero alcanzando Sancho a ver la señal del blanco paño, dijo:

      —Que me maten si mi señor no ha vencido a las fieras bestias, pues nos llama.

      Detuviéronse todos y conocieron que el que hacía las señas era don Quijote; y perdiendo alguna parte del miedo, poco a poco se vinieron acercando hasta donde claramente oyeron las voces de don Quijote que los llamaba. Finalmente, volvieron al carro, y en llegando dijo don Quijote al carretero:

      —Volved, hermano, a uncir vuestras mulas y a proseguir vuestro viaje; y tú, Sancho, dale dos escudos de oro, para él y para el leonero, en recompensa de lo que por mí se han detenido.

      —Esos daré yo de muy buena gana —respondió Sancho—, pero ¿qué se han hecho los leones? ¿Son muertos o vivos?

      Entonces el leonero, menudamente y por sus pausas [37], contó el fin de la contienda, exagerando como él mejor pudo y supo el valor de don Quijote, de cuya vista el león acobardado no quiso ni osó salir de la jaula, puesto que había tenido un buen espacio abierta la puerta de la jaula; y que por haber él dicho a aquel caballero que era tentar a Dios irritar al león para que por fuerza saliese, como él quería que se irritase, mal de su grado y contra toda su voluntad había permitido que la puerta se cerrase.

       —¿Qué te parece desto, Sancho? —dijo don Quijote—. ¿Hay encantos que valgan contra la verdadera valentía? Bien podrán los encantadores quitarme la ventura, pero el esfuerzo y el ánimo será imposible [38].

      Dio los escudos Sancho, unció el carretero, besó las manos el leonero a don Quijote por la merced recebida y prometióle de

    contar aquella valerosa hazaña al mismo rey, cuando en la corte se viese.

      —Pues si acaso Su Majestad preguntare quién la hizo, diréisle que el Caballero de los Leones, que de aquí adelante quiero que en este se trueque, cambie, vuelva y mude el que hasta aquí he tenido del Caballero de la Triste Figura; y en esto sigo la antigua usanza de los andantes caballeros, que se mudaban los nombres cuando querían o cuando les venía a cuento.

      Siguió su camino el carro, y don Quijote, Sancho y el del Verde Gabán prosiguieron el suyo.

    Glosario de palabras, expresiones y personajes.

    [1] Orán. Ciudad de Argelina, a orillas del Mediterráneo, conquistada en 1509 por el cardenal Cisneros. Fue posesión española hasta 1708. [2] Ofrecidos. Regalados. [3] Las banderas son del rey nuestro Señor, en señal que aquí va cosa suya. Las banderas protegían el cargamento, y atacarlo era considerado delito grave contra el rey. [4] ¿Leoncitos a mí? ¿A mí leoncitos, y a tales  horas? La pregunta de don Quijote se ha convertido en proverbio para indicar que alguien no se acobarda ante peligros o amenazas. Con el diminutivo leoncitos, Cervantes realza la grandeza de don Quijote. [5] A despecho y pesar  de los encantadores que a mí los envían [los leones]. Don Quijote siempre hace responsables de sus fracasos a los encantadores. [6] ¡Ta, ta! [= tate]  Interjección —que se usa repetida— para denotar haber venido en conocimiento de algo en lo que no se había caído o no se había podido comprender. [7] El hidalgo. Este hidalgo no es otro que el Caballero del Verde Gabán, don Diego de Miranda, hombre algo ilustrado —del que se vale Cervantes para manifestar su propia aversión hacia los libros de caballerías, que “aun no han entrado por los umbrales de mis puertas (cf. capítulo XVI)—, y prudente en sus razonamientos cuando dialoga con don Quijote. [8] Los  requesones sin duda le han ablandado los cascos y madurado los sesos. [Al comienzo del capítulo], Sancho compró a unos pastores unos requesones y los guardó en la celada de don Quijote que, con las prisas, “se la encajó en la cabeza; y como los requesones se apretaron y exprimieron, comenzó a correr el suero por todo el rostro y las barbas de don Quijote, de lo que recibió tal susto que le dijo a Sancho: —¿Qué será esto, Sancho, que parece que se me ablandan los cascos, o se me derriten los sesos, o que sudo de los pies a la cabeza? Y si es que sudo, en verdad que no es de miedo; sin duda creo que es terrible la aventura que agora quiere sucederme.” [la de su aventura con los leones].  [9] Se tome. Se enfrente. [10] Presentados. Regalados. [11] Váyase vuesa merced,  señor hidalgo, a entender con su perdigón manso y con su hurón atrevido. En el capítulo anterior —el XVI—, cuando don Diego de Miranda traza ante don Quijote su propia semblanza, le dice: “mis ejercicios son el de la caza y pesca; pero no mantengo ni halcón ni galgos, sino algún perdigón manso, o algún hurón atrevido”. Puesto que el “perdigón manso” es la perdiz macho domesticada que se usa para la caza con reclamo, y el “hurón atrevido” es la alimaña empleada para cazar conejos en su propia madriguera, don Quijote está criticando los métodos de caza, un tanto ventajistas, del Caballero del Verde Gabán, que contrastan con la valentía que aquel exhibe, en su enfrentamiento con unos feroces leones sin valerse de ayuda ni artificio alguno. [12] Yo no sé si  vienen a mí, o no, estos señores leones. Si me son convenientes o no. La respuesta de don Quijote al Caballero del Verde Gabán está motivada por su frase “Estos leones no vienen contra vuesa merced, ni lo sueñan”. [13] Voto a  tal. Fórmula eufemística de juramento: “voto a Dios”. [14] [Armada] fantasía. [Armada fantástica]. [15] Se desenvainen los leones. Salgan de su jaula. La  metáfora iguala a los leones con las armas: los leones, como las espadas, se desenvainan. [16] Quedaré rematado. Arruinado, con los bienes subastados para pagar las deudas. [17] ¡Oh hombre de poca fe! Palabras dirigidas por  Cristo a San  Pedro  (Mateo, XIV, 31). El  tono solemne que adopta Don  Quijote hace que parezca una especie de Jesucristo de la  caballería andante.  [18] Protesto. Advierto. [19] Se pongan en cobro antes que abra. Se  resguarden; se pongan a salvo en lugar seguro. [20] Oyente. Espectador, testigo.

    [21] Tortas y pan pintado. De daño mucho menor. [22] La temerosa [empresa] de los batanes. La aventura de los batanes se relata en el capítulo XX de la Primera parte. [23] La tal uña. Sancho alude a la versión popular del proverbio  latino ex ungue leonem (por la uña se conoce el león). [24] Concierto. O sea:  “irás al Toboso, donde dirás a la incomparable señora mía Dulcinea que su cautivo caballero murió por acometer cosas que le hiciesen digno de poder llamarse suyo.” (Primera parte, capítulo XX). [25] Los leones se  desembanastasen. Fuesen puestos en libertad, saliesen de la jaula. De nuevo se acude a la metáfora leones-espadas. [26] Menguada. Fatal, desgraciada. [27]  Requerir. Avisar con autoridad. [28] Hacerla [la batalla] a pie. Conducta que  entraña la manifestación de un inaudito valor. [29] Paso ante paso. Poquito a  poco, lentamente. [30] Puesto en postura. Colocado en guardia para combatir.  [31] Remanso. Lentitud, calma pachorra. [32] El esperante. El que espera  después del desafío. [33] Dame por testimonio en la mejor forma que pudieres  lo que aquí me has visto hacer. O sea, mediante una declaración jurada, a falta de un documento notarial. [34] No debo más. No estoy obligado a más. [35]  Encantos afuera. Quedan vencidos los encantamientos. [36] Antecogidos.  Seguidos. [37] Menudamente y por sus pausas. Con detalle y pausadamente.   [38] Bien podrán los encantadores quitarme la ventura; pero el esfuerzo y el ánimo, será imposible. Esta frase condensa la filosofía vital de don Quijote: lo que importa es el esfuerzo, no el éxito.

    Los personajes, su psicología y comportamientos.

    En este divertido episodio, don Quijote, convencido de que los encantadores le envían unos feroces leones para poner a prueba su valor —leones que, en realidad, son un regalo del gobernador de Orán al rey—, decide enfrentarse con ellos, en contra de la voluntad de todos los presentes —carretero, leonero, Caballero del Verde Gabán y el propio Sancho Panza—. Y aunque cada uno de ellos intenta disuadirle con sus propios argumentos, don Quijote no ceja en su empeño. Abierta por el leonero la jaula, y colocado ante ella don Quijote —en posición de combate, a pie y sin armas-,  el león macho —cuyos ademanes bastaban “para poner espanto a la misma   temeridad — decide no salir de ella; más aún: le “volvió las espaldas y enseñó sus traseras partes a don Quijote”. Y puesto que el león no abandona en ningún momento la jaula, el leonero convence a don Quijote —para evitar riesgos mayores, y entrando en la ficción caballeresca— de que es él quien ha vencido en el enfrentamiento, por incomparecencia de su adversario, con lo cual queda a salvo su honor, puesta de manifiesto su valentía, y definitivamente derrotados los encantamientos.

    Seis son los personajes que figuran en el texto: el carretero, el leonero, el Caballero de Verde Gabán, Sancho Panza, Don Quijote y Dulcinea; a los que habría que añadir los leones como desencadenantes de la acción.

    El carretero. Su carro, tirado por mulas, es su medio de vida, y lo emplea, fundamentalmente, para trasladar leones desde África a España. Ante la decisión de don Quijote de enfrentarse con los leones, tiene tiempo de desuncir las mulas del carro y ponerse salvo con ellas, antes de que salieran de las jaulas (“porque si me las matan [los leones],  quedaré rematado [arruinado] para toda mi vida; que no tengo otra hacienda sino este carro y estas mulas”).

    El leonero. Personaje fundamental en la aventura, porque gracias a su habilidad termina felizmente. Ante las amenazas de don Quijote (“¡si no abrís inmediatamente las jaulas, con esta lanza os he de coser con el carro!”), no tiene más remedio que acceder a sus deseos; pero antes le responsabiliza, ante todos los presentes, de los desaguisados que la actitud de don Quijote pudiera provocar (“todo el mal y el daño que estas bestias hicieran corra y vaya por su cuenta, y además mis salarios y derechos”), porque está convencido de que quedará arruinado. Y abierta por el leonero la jaula que transportaba al león macho, este decidió no salir “y enseñó sus traseras partes a don Quijote”. Y como don Quijote pensaba hacerle pedazos con sus propias manos, conminó al leonero a que le hiciera salir a palos. Y es en este preciso instante cuando el leonero recurre a la ficción caballeresca para concluir una aventura que, de otra manera, habría podido tener un trágico final: la incomparecencia del león  es suficiente para proclamar vencedor a don Quijote (”si el contrario no acude, en él queda la infamia, y el esperante gana la corona del vencimiento”). Lo que satisface a don Quijote, que le pide al leonero testimonio por escrito de la grandeza de su hazaña.

    El Caballero del Verde Gabán. De este personaje tenemos amplia información en el capítulo anterior —el XVI de la Segunda parte—. Y en este da muestras de su sensatez  y prudencia, que definen su carácter. Cuando don Quijote se prepara para afrontar la aventura de los leones, ya había sentenciado: “Hombre apercibido, medio combatido”; o, lo que es lo mismo: el hombre prevenido tiene ya ganada la mitad de la batalla. Sin embargo, y para disuadir a don Quijote, a requerimiento de Sancho Panza, de que no se enfrente con los leones (porque —afirma Sancho— “aquí nos han de hacer pedazos a todos”), acude a un certero argumento, aunque no le sirva para nada: “porque la valentía que entra en la jurisdicción de la temeridad —le espeta a don Quijote—, más tiene de locura que de fortaleza”. Y don Quijote le responde a don Diego de Miranda criticando sus malas artes como cazador (“Váyase vuesa merced, señor hidalgo, a entender con su perdigón manso y con su hurón atrevido”), en contraste con el oficio de caballero andante que él practica. Y los nuevos ruegos del Caballero del Verde Gabán siguen sin surtir el efecto deseado (“Otra vez le persuadió el hidalgo de que no hiciese locura semejante; que era tentar a Dios acometer tal disparate”). Y ante la irrevocable decisión de don Quijote de enfrentarse con los leones, el caballero del Verde Gabán no hace uso de la fuerza contra él para frenarlo en sus intenciones, no solo por la desigualdad en las armas, sino porque “no le pareció cordura tomarse con un loco, que ya se lo había parecido de todo punto don  Quijote”; y lo único que le resta por hacer es ponerse a salvo.

    Sancho Panza. En esta aventura Sancho apenas interviene, pero la “quijotización” de que ha dado muestras en otros momentos brilla por su ausencia; aunque sin perder la fidelidad a su señor. De hecho, cuando el Caballero del Verde Gabán le pregunta si su amo está tan loco como para enfrentarse “con tan fieros animales”, Sancho le contesta distinguiendo con claridad la locura del atrevimiento (“no es loco, sino atrevido”). Y, “con lágrimas en los ojos”, e incluso renegando del día en que decidió servirle como escudero —lo que delata el aprecio por su señor— intenta disuadirle  para que no siga adelante con su empresa, “porque aquí no hay encantamiento ni cosa que valga” —explícito reconocimiento de una realidad objetiva: que don Quijote puede perder la vida—; en tanto que don Quijote insiste en proclamar “su verdad”: los encantadores le envían los leones para poner a prueba su valor (“deseando que [el león macho] saltase ya del carro y viniese con él a las manos, entre las cuales pensaba hacerle pedazos”). Pero, en cualquier caso, en tan delicada situación reaparece el Sancho pragmático, porque “no por llorar y lamentarse, dejaba de aporrear al rucio para que se alejase del carro”.

    Don Quijote. El héroe se nos presenta como el caballero andante capaz de acometer cualquier tipo de aventura, aun a riesgo de salir malparado de ella. Y está dispuesto, contra viento y marea, a enfrentarse con unos leones a los que cree enviados por los encantadores que solo buscan ponerle en ridículo. Pero logra salir airoso de un trance verdaderamente disparatado, porque el combate no se celebra, por incomparecencia de su adversario —el león macho—, que decide no salir de la jaula y no responder a las bravatas de don Quijote. La proclamación de su victoria, a cargo del leonero, deja a don Quijote lo suficientemente satisfecho, y su honor a salvo. El propio don Quijote resume su actitud vital —ante esta aventura y otras posibles— con estas palabras dirigidas a Sancho; “¿Hay encantos que valgan contra la verdadera valentía? Bien podrán los encantadores quitarme la ventura; pero el esfuerzo y el ánimo, será imposible”.

    Dulcinea. Su fugaz aparición en el episodio tiene por objeto recordar al lector que, en el caso de que don Quijote muera —-en su enfrentamiento con los leones—, Sancho tiene el compromiso de acudir al Toboso y, presentándose ante Dulcinea, darle cumplido testimonio de que “su cautivo caballero murió por acometer cosas que le hiciesen digno de poder llamarse suyo.” (Primera parte, capítulo XX).

    Los leones. Par ensalzar el valor de don Quijote, Cervantes presenta unos leones enormes y hambrientos, mayores que una montaña, a juzgar por el tamaño de la uña de uno de ellos —según declara Sancho Panza, de acuerdo con el proverbial ex ungue leonem—: el león macho era “de grandeza extraordinaria y de espantable y fea catadura”, “con los ojos hecho brasas, vista y ademán para poner espanto a la misma temeridad”; circunstancias todas estas que no amilanan a don Quijote, deseoso de abatirle con sus manos —y, por tanto, sin el apoyo de Rocinante ni de sus armas—. Tal manifestación de arrojo le permite exclamar al narrador: “Hasta aquí llegó el extremo de su jamás vista locura”; y que viene a confirmar las anteriores súplicas de Sancho Panza, porque comparada con esta empresa, “habían sido tortas y pan la de los molinos de viento [capítulo VIII de la Primera parte] y la temerosa de los batanes [capítulo XX de la Primera parte], y, finalmente, todas las hazañas que había acometido en todo el discurso de su vida”. De esta manera, Cervantes va completando  en la mente del lector y a lo largo del relato, la idea de que don Quijote va a desafiar la ferocidad de unos temibles leones, a la vez que va recalcando la valentía de don Quijote, que ya empezó por burlarse de su fiereza (“¿Leoncitos a mí? ¿A mi leoncitos, y a tales horas)” y por manifestar su falta de temor ante el desafío que se le presenta (“en mitad de esta campaña les daré a conocer quién es don Quijote de la Mancha, a despecho y pesar de los encantadores que a mí me los envían [los leones])”.

    La trama urdida por Cervantes tiene todos los ingredientes para atraer la atención del lector: desde una fina comicidad —que no decae incluso en los momentos de mayor dramatismo—, hasta un final tan original como inesperado: sin haber enfrentamiento directo entre el león y don Quijote, gracias a la habilidad del leonero —que se introduce en el mundo caballeresco de don Quijote con bastante más éxito que el Caballero del Verde Gabán—, aquel resulta vencedor, y a salvo los ideales de la verdadera caballería andante. Y cuando la situación lo requiere, tanto el Caballero del Verde Gabán                 —-desaconsejando a don Quijote que se enfrente con los leones— como el propio leonero —que proclama el triunfo de don Quijote— adoptan el lenguaje arcaizante y grandilocuente de don Quijote, gracias a lo cual Cervantes logra crear el necesario clima de ficción caballeresca que envuelve todo el relato. 

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